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El libro es el trascendental artífice, que universalizó todas las ramas del saber humano, compiló en sus grafías, nociones abstractas que solían organizarse entre los dos preceptos que propugnaron todo concepto humano: la duda y la admiración, modelaron los significados, les dieron significancia, trascendieron barreras idiomáticas, propugnaron la objetividad del saber epistemológico a través de criterios y fórmulas que de manera oral hubieran sido hoy, aún simples especulaciones, tornaron fehaciente el acontecer de los tiempos y fueron los portales y vínculos entre los cognoscible y lo cognoscitivo.
Trascendió el tiempo y las convenciones de la cosmovisión para ampliar su panorama por sobre el juicio gregario y su incansable búsqueda de verdad, lo llevó a adentrarse en la expresividad de su artífice que modeló todas las vertientes objetivas y subjetivas de la realidad, esfuerzos que derivaron en todos los géneros literarios, los manifiestos de historia, política y en fin el conocimiento humano.
Halló su cumbre ilustrativa en la enciclopedia de Diderot, fue artífice de la revolución académica y la ilustración, definió la historicidad de la historia como si de su núcleo verbal se tratase, se de-construyó para hallar en su suficiencia, inteligencia, y descubrió varios manifiestos de la misma; no fue objetivo suyo el crear la crema y nata intelectual o sucumbir a la erudición, sino el de empoderar al hombre para el hombre y no a contra-natura.
El libro es más que un fiel compañero de la humanización, es la historia sin la histeria del dato, el misterio sin el misticismo, la realidad sin afán de verdad, la sublimidad del verso y la incentiva de un párrafo que se torna cliché sin el afán de desearlo, el ideal tornado idea y un tornado de ideas que se idealizan en la mente de cada lector, según sus previas experiencias, te sumerge en mundos posibles, inimaginables para los mismos límites del género, trascendiendo la utopía, la distopía e impacta en el lector para sembrar en él, su "frutopía", neologismo que torno fructífero a todo redactor y trascendió la semiosis ilimitada por conceptuar los inconcebible y verbalizarla, dejando libre paso al albedrío creativo, el manifiesto más sapiencial de locura y el manifiesto más cuerdo y coordinado de entropía.
Pasando por tablillas de arcilla, papiros, pergaminos, pieles, códices y grimorios, testificó la historia en sus índices; su proliferación por parte de la imprenta también propugnó su personificación y en tiempos modernos, impulsó el surgimiento de la sociedad de la información y la idealización de una sociedad del conocimiento que no halla satisfacción en su propia concepción y promueve revolución como lo reclama su raíz, pues aunque se le hallan usado como manual de vida, el libro es dialéctico como sus artífices y como proyección de su mente demente y simiente consciente, es vehemente en promover la revolución y reinvención de la cognición y toda noción, para evitar la perniciosa perdición en una sociedad sobreinformada, en el que a tanta presión, se cultivan bulos manipulativos que desnaturalizan al ser como ente problematizador, dopandolo de consumismo y conformismo, el libro en éstas épocas despierta la tensión creativa y humanizadora, cumpliendo su real función, ser libro para librar al hombre del hambre y proveerle de lumbre para que alcance su cumbre.
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